Empresas con propósito verdadero | Opinión




Tomar decisiones implica asumir costes. Más aún si el momento exige transitar por territorio ignoto. Ocurrió con la pandemia. Nunca antes se había parado la economía del mundo para después proceder a reiniciarla. En aquel escenario angustioso para todos, los gobiernos tomaron medidas para ayudar con recursos públicos a los más vulnerables, pero también a las empresas. Y ahora, qué. Ahora la amenaza es otra. Se llama inflación y resulta menos extraña para los especialistas. Como entonces, también en este momento urge mitigar los efectos negativos que el alza de los precios está provocando en el tejido social. Una prioridad que asume como propia el Gobierno y que debería compartir la oposición. Las evidencias, sin embargo, no apuntan precisamente en esa dirección. Lejos de ofrecer alternativas, el PP se distrae con problemas que lo fueron de extrema gravedad en el pasado y que, afortunadamente, su superación constituye una de las victorias más edificantes de los demócratas.

Pero volvamos al caso que nos ocupa. Las consecuencias económicas de la guerra de agresión a Ucrania no pueden ser responsabilidad exclusiva de los poderes públicos. Hacerse cargo de lo que ocurre compete también a aquellos que tienen como misión crear riqueza. En condiciones como las presentes, sorprende que haya que pedir un esfuerzo fiscal a determinados sectores empresariales con beneficios extraordinarios. Ellos mismos deberían haber tomado ya la iniciativa. No es cuestión de filantropía. Se trata, más bien, de un ejercicio inteligente (y rentable) encaminado a alinear su comportamiento con un propósito de más valor añadido que el que implica rendirse exclusivamente a la finalidad de ganar dinero. Nadie discute la legitimidad de este objetivo ni su relevancia para quienes dirigen una empresa. Con idéntica convicción hay que señalar, no obstante, que la responsabilidad empresarial está también con la sociedad en la que operan.

De ahí que el propósito de toda acción empresarial ejemplar no deba orientarse exclusivamente hacia los accionistas. Dicho propósito debe enlazar también con una pluralidad de grupos de interés fuertemente empoderados para influir sobre el éxito de las marcas. Así, los consumidores disponemos de un amplio poder que nos permite premiar o penalizar a compañías por criterios distintos a los puramente comerciales. De igual manera, el talento directivo y profesional también condiciona el comportamiento de las empresas y, de hecho, son muchos los que cuidan su propia marca personal y se inclinan por trabajar en compañías con fuerte compromiso social.

Nada de todo lo expuesto resulta indiferente o ajeno para quienes tienen que definir el posicionamiento que una empresa está dispuesta a asumir para contribuir a superar un momento de dificultad para un país. No es cuestión de que las empresas compartan el principio de que quien tiene más, debe pagar más. Ni siquiera es necesario que apoyen al Gobierno que trata de hacerlo realidad. Basta con que dejen a un lado tanto aspaviento y se pongan a la tarea de hacer creíble su propósito desde el compromiso con todas las dimensiones de la sostenibilidad: la ambiental, la económica y la social. Nada más.

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